
El "conde-lé" presume de caballero pero, a no ser que se refiera a sus dotes como "montador", comete demasiados deslices para ser considerado un señor de cuerpo entero, más bien es un señor de "poca monta". Los que se visten o se calzan por los pies nunca utilizarían como mejor argumento para atacar a una señora que "huele mal o que suda", descripción zafia, incluso para Belén Esteban.
Y referirse, de manera sutil, a sus orígenes de chica de barrio tampoco mejora la situación, es más, incluso, la empeora. Ese comentario le retrata como lo que es: un conde venido a menos, un caradura que viene a más y un clasista que, a falta de foros más distinguidos que frecuentar, se gana la vida en platós donde, y ahí le duele, tiene que compartir sillón con gente a la que estaría acostumbrado a mandar pero nunca, ni en sus peores sueños, ni en sus mejores pesadillas, a escuchar.
Y a Belén Esteban no sólo la tiene que ver; también tiene que oír como le dice que se calle y que le cante: "pim-pam-pum tengo una pistola, pim-pam-pum que dispara sola, pim-pam-pum, tengo un revólver, pim-pam-pum que dispara doble", una humillación que no es tal si cayese en la cuenta que son de la misma casta social: la de los "vividores" que pululan por televisión gracias a sus conquistas amorosas y que, ahora, rentabilizan gritos a falta de otras virtudes (previo pago de su importe).
Lequio ya no engaña a nadie, ni siquiera a él mismo. Es lo que es y punto: un señor muy bien vestido, con modales de niño consentido, que pone a prueba sus cuerdas vocales (y los tímpanos de los espectadores). Si no se comportase como un "matón de barrio", sus horas televisivas ya se hubiesen consumado. O no, que a Lequio siempre se le dio muy bien vender sus conquistas y eso siempre tuvo su recompensa en forma de cheques al portador.
Por eso, ahora, que se dedique, no a comentar, sino a juzgar los cutres avatares de otros, sólo se puede tomar a choteo. Reconozcámosle que es una autoridad en la materia. Credibilidad no le falta, como tampoco desparpajo, sólo que hace daño a la vista y al oído verle como un sesudo tertuliano de la prensa del corazón sin más razonamientos que los que le dictan su bragueta –si la chica en cuestión es de su agrado– o el oportunismo de atacar a los que, como él fue, no son más que unos "personajillos" en busca de una fama efímera.
Vale, él se la encontró cuando se arrejuntó con la Obregón. Se le abrió ante sí un panorama idílico, que ni él mismo podía imaginar en sus noches más íntimas: ser el animador socio-sexual de las revistas del corazón. Un día con una, varios meses con otra...
Ejerció sin pudor como "traficante de sentimientos" a cuenta de fotos íntimas que vendió al mejor postor, de desnudos donde demostraba el buen material que se había perdido el cine porno (con permiso de Nacho Vidal y del Adobe Photoshop) y no sé cuántas más aventuras y desventuras que ya no escandalizan al resto de los mortales por ser igual de comunes e igual de vulgares.
Lequio, mejor que dejes a un lado tus "aires" de conde, esa superioridad que muestras mañana, tarde, noche y madrugada. Siendo optimistas, cabe suponer que usted no es así, que se disfraza de este personaje como otros y se ponen el "mono" y el "mundo por montera" para ir al "trabajo", por necesidad y por llegar, sobradamente bien, a fin de mes (más lo segundo que lo primero). Pero no mire a los demás por encima del hombro, es un lujo que no se puede permitir, más aún cuando sus únicas credenciales son las de vivir de los cuentos, como tantos y tantos otros...

1 comentario
Bea
11 sep 2005 | 01:27 PM
El tìo este me cae fatal!
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