"Cuando llegamos a su casa nos recibe en chándal: 'Es mi uniforme de trabajo, a veces voy al plató así, se está tan cómodo...'. Más tarde, acepta cambiarse para las fotos, y aparece en esmoquin, impecable. La imagen real de José Luis, en chandal o en esmoquin, aniquila la imagen soñada gracias a los rumores malintencionados que hablan de un misterioso personaje dedicado a turbias maquinaciones: algo así como una versión masculina de la señora Danvers. Pero no estamos en Manderlay. José Luis está relajado y bromea con todos: sus sobrinos, Alberto y Laura Caballero, que están presentes mientras dura la entrevista, la maquilladora, la peluquera, el fotógrafo y su ayudante...
¿Cuál es el secreto de la Fórmula Moreno?
En esa fórmula hay muchos ingredientes y, por lo menos, cinco o seis cocineros. Con las televisiones trabajo a la carta, lo que quieran y en función de sus necesidades. Dependiendo de lo que me pidan, se incorporan Alberto (Caballero, productor), Laura (Caballero, directora); sobrinos suyos; y mis colaboradores habituales con los que vamos pariendo. Hemos tenido la enorme suerte de no ir fracasando, porque una cosa es el éxito y otra mantenerte sin fracasos. La clave de todo radica en nuestra obsesión por contentar y entretener al público.
Usted tiene fama de ser un productor que supervisa todos los detalles, un perfeccionista al que no le gusta delegar.
Así es, aunque supongo que en algunos casos es un error. Pero me gusta contar con los jóvenes. De hecho, en la productora trabajamos con un auténtico ejército de jóvenes, y es en ellos en quien más delego. Mis sobrinos son un claro ejemplo, al fin y al cabo ellos marcan la línea creativa de mi productora. Mi supervisión viene de mi miedo cerval a que por prisa, por imprevistos, por poca intensidad o por lo que sea, me encuentre con algo que ya no tenga solución. En mi experiencia profesional he trabajado a las órdenes de directores de escena o de cine tan obsesionados con esa cuestión que rozaban la enfermedad. Yo no llego a tanto, pero he aprendido que sólo los perfeccionistas alcanzan sus metas y logran el respeto del público. Me contagiaron esa preocupación. Yo no puedo volver a casa sabiendo que hay cosas que podían haberse hecho mejor y no se han hecho.
Según usted, ni el éxito ni el fracaso son casuales...
Por supuesto. Una de las cosas contra las que lucho desde hace tiempo es esa moda por la innovación cueste lo que cueste. A mí me llegan guiones de chavales con mucho talento pero ves que todavía no saben cómo canalizarlo para realizar un proyecto que no sólo le interese a él y a sus amigos, sino que llegue a millones de espectadores. Cuando trabajamos en televisión lo hacemos para todo el mundo: no podemos hacer arte y ensayo, no puede venir un listo a decirte lo que hay que hacer es minimalismo... Mire usted el minimalismo es que cuando una familia se sienta ante el televisor espera una caricia o una información. Yo no hago información, así es que les doy una caricia en forma de humor, de complicidad, en forma de pasión, pero caricia al fin y al cabo. No se trata de hacerles olvidar sus vidas, que pueden ser maravillosas, sólo queremos complementarlas con ilusiones.
Según su biografía, usted ha sido músico, cantante de ópera, escritor, médico, humorista, director, ventrílocuo, productor...
Después de todo lo que he hecho, de lo bueno, de lo malo, de lo
intenso, y a pesar del tiempo transcurrido, sigo manteniendo intactos la ilusión y mi gusto por el trabajo. Si yo no tuviera trabajo estaría con una soledad y una pena profundísimas. Nada de lo hecho por mí tiene mérito, sencillamente he necesitado hacerlo. Ha sido una necesidad vital, por el placer de hacerlo, no una cuestión de vanidad... Las vanidades requieren mucho tiempo. Además, cuidar una vanidad es aburridísimo, debes estar pendiente de quien te llama, de dónde salir.
Su vida parece salpicada de decisiones radicales: de la ópera a la medicina, de la literatura al show business, de presentador a productor. Y en plena etapa de popuralidad, lo deja todo...
Visto desde fuera pueden parecer cambios radicales, pero vividos día a día no lo son, los entiendes como una sucesión de decisiones provocadas por la vida. Cuando dejé la música fue por una cuestión de salud, pero entonces dejé de tener un problema de salud para tener otro de tipo económico. Dejé la ópera y aposté por la ventriloquía, en la que tengo antecedentes familiares, y lo hice porque necesitaba el dinero y pensé que podía ser una buena solución para dos veranos.
Pero de hecho, llegó a ser nombrado en Canadá el mejor ventrílocuo del mundo.
Pero yo no sabía que eso era un concurso, odio los concursos. Yo estaba haciendo un show con Danny Kaye y realmente el título que me dieron fue el de mejor entertainer. A mí la ventriloquía me resultaba extraña. Yo venía de un mundo organizado: tenía mis partituras, me las estudiada y las practicaba. Era un trabajo muy mecánico y muy protegido: rodeado de una orquesta y bajo un maestro. Lo de improvisar sobre el escenario con un muñeco y ser divertido me era ajeno. Yo no era un tipo chistoso, no tenía ninguna gracia. Fue por las circunstancias.
¿Cuándo y por qué decidió acabar con los muñecos?
En este mundillo la estética es lo más importante. Un ventrílocuo está en el escenario, solo con sus criaturas, y ha de ofrecer una visión hermosa en un gran espectáculo. Me veía mayor. Me pareció que tenía que dejar el sitio a críos jóvenes , que resultan más atractivos, más espontáneos. La edad en un humorista te hace entrar en rutinas, en colmillos retorcidos... Por esa razón, hace ya 10 años pasé a la retaguardia para poder lucir tranquilamente mi chándal y estar a gusto. Es mi carácter. Y si con tanta versatilidad, alguien me preguntara a qué me dedico, yo diría sencillamente que a vivir con millones de euros." | Laguiatv.




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