
Aunque pueda parecer lo contrario, Karmele Marchante y Alberto Ruiz Gallardón tienen mucho en común: los dos son personajes públicos y los dos han salido escaldados de sus respectivos aspiraciones profesionales y personales. La periodista del colorín, tombolera-atuladera per secula seculorum, se nos ha metido a Supervivientes y, a las primeras de cambio, y con el culo en pompa, ha quedado, ahora, en manos del veredicto de la audiencia, mientras que, el actual alcalde de Madrid, ve frenado, por imperativo legal (sí o sí), su aspiración al Congreso de los Diputados.
La primera se ha rodeado, en esta ocasión, de la mejor flora y fauna de la televisión del mundo mundial: un decrépito ruiseñor con un bañador tamaño king size, una pechugona ganadora de otro reality VIP, dos ex de ex, una actriz porno ya retirada que hace honor a su apellido artístico (se la pasan por La-piedra), deportistas varios y variados y una buena ristra de tíos y tías cachas para poner, y ponernos, completamente cachondos y cachondas, al resto del personal que vive, y les ve, completamente impávidos, al otro lado del charco.
Al segundo no le quieren ni en su propio partido, el Partido Popular, a pesar de que consigue, un año sí, y otro también, mayorías electorales sobradas, y más que suficientes, que sueñan con tener más de uno, y más de dos, presidentes autonómicos. Y no se moverá de donde está por la sencilla razón de que no le dejan, y no quieren que salga de su remodelado despacho de alcalde de la capital de España. Ruiz Gallardón viene a ser, en el seno del partido, como una china en el zapato: molesta, pero ni contigo, ni sin ti, tienen mis males remedio... Y Rajoy se la juega (también sí o sí), moviendo listas y listas, y nombres y nombres, tirando por la calle de en medio, sabiendo que, quizás, puede ser su última oportunidad (o su último cartucho) para poder aspirar a La Moncloa. Marianín, en sus tiempos mozos, no se imagina otros cuatro años poniéndose el culo prieto, diciendo aquello de "esta boca es mía", tragándose sapos y culebras en su respectivo escaño, y junto a sus compis Acebes y Zaplana. ¡Qué razón tenía Romanones al decir la sabia frase de ¡Joder, qué tropa!.

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