"¡Wilson, mi bolso!". Carmen Lomana se dirige a su chófer, que también carga con una bolsita de Chanel, porque necesita su abanico. En un momento hablará con los periodistas sobre su función en Las joyas de la corona, el nuevo reality de Telecinco. A ella, sin embargo, las preguntas no le provocan ningún sofoco. Si algo sabe hacer esta mujer es encandilar a quien le escucha. Porque detrás de la ropa de diseño y la dicción refinada, se esconde una señora de 63 años muy bien llevados que ha vivido mucho y que disfruta compartiendo sus experiencias.
¿Qué tal el primer contacto con estos diamantes en bruto tan peculiares?
¡Los estamos dejando relucientes!
¿No te agobia pasar día y noche en la mansión, con los concursantes?
La noche, desde luego, la paso en mi casa [risas]. Voy todos los días, para charlar con ellos, que me cuenten sus inquietudes, y velo porque el camino por el que los llevan los profesores sea el adecuado... Me cuesta reñirlos porque adoro a la gente joven, empatizo muy bien con ellos.
¿No los estáis introduciendo quizá en un ambiente un poco carca?
No hay que convertirlos en unos cursis ni vestirlos como si tuvieran 40 años. Sus ídolos son gente del show business: Rihanna, Victoria Beckham, Madonna... No Jackie Kennedy. Lo que hacemos es depurarlos, no cambiar su forma de ser.
¿Qué piensas cuando ves que están cubiertos de tatuajes?
Es lo que se lleva, mira a Angelina Jolie. Eso sí, les digo que no se hagan más, que si luego llegan a presidente del Gobierno a ver qué hacen en los actos oficiales. Una de las chicas me ha contado que se tatuó dos lazos en los muslos porque, cuando va a la playa, como tiene poco pecho, así le miran las piernas. ¡Tiene argumentos!
¿No te llama la atención esa estética?
Cuando era joven -más joven, que sigo siéndolo- estaban muy mal vistos, pero toda mi vida he querido tatuarme algo. Me hice uno de pega en Ibiza, cuando todavía vivía Guillermo, mi marido. A él le horrorizaban. Fuimos a una boda en San Sebastián, donde la gente es muy convencional, y yo feliz con un Versace gris elegantísimo y todo el brazo tatuado, provocando. Me quedé más triste cuando se borró...
¿Qué te tatuarías?
Algo pequeñito en la rabadilla o en la nuca, en sitios estratégicos para que no se viera demasiado.
¿De pequeña te rebelaste ante alguna norma social?
Aprendí buenas maneras de mi familia, de forma natural, nunca vi nada raro. Mi madre me insistía en que fuera derecha, porque tengo tendencia a encorvarme.
¿Ni siquiera has dicho palabrotas en la adolescencia?
Fíjate, ahora digo más que antes. No importa soltar tacos en el lenguaje coloquial, pero no puede ser una constante en el día a día. Encuentro que ahora se maneja muy mal el lenguaje.
Una mala tendencia es...
Con el castellano tan rico que tenemos, los jóvenes -y los que no lo son tanto- reducen el vocabulario a cuatro cosas: macho, tío, guay... Hay que enseñarlos a expresarse en público con más recursos, para cuando vayan, por ejemplo, a una entrevista de trabajo. También es importante aprender dicción, pronuncian muy mal.
Dime algo que no soportes.
Algo que para mí y para la gente de cierto nivel es horrible y que ya desde niña te calificaba. Podías decir cabrón, hijo de lo que sea... pero jolín, jamás. Si al colegio llegaba una chica nueva y te comentaban "es la típica jolín", ya no hacía falta más, te lo habían dicho todo. Así que no lo digáis. Y menos todavía, jolines. Si lo oigo, me suicido, me corto las venas directamente.
¿En los ambientes de alta sociedad, encuentras gente con carencias?
¡Muchísima! Antes nos conocíamos todos, íbamos a los mismos colegios: el Sacré-Coeur, La Asunción... pero ahora la alta sociedad, gracias a Dios, está muy mezclada. La gente de los pueblos y el campo vino a las ciudades y han llevado una vida más activa, pero no se han pulido. Son new richs, que está muy bien. Mejor nuevos ricos a nuevos pobres, que por desgracia hay muchos.
¿Y tú les corriges cuando meten la pata?
Al final, sí. Les digo: "¿No te importa que te diga algo? Pon los cubiertos así...". Aunque en el momento les siente mal, luego lo agradecen. ¿Sabes donde me ha pasado mucho? En MQB, con los bailarines. Me pedían que les enseñase. Por ejemplo, uno cogía la copa con el meñique estirado porque creía que era lo fino. Ahí empecé con mi escuela de glamour.
Y si alguien piensa...¿Pero quién es esa Carmen Lomana para dar lecciones?
No me considero nadie especial. Sólo me han escogido porque soy una persona muy bien educada, que ha vivido mucho, en diferentes ambientes y países. Eso te da el background. Lo más importante es adaptarse a cualquier situación. No eres estupendo si solamente sabes estar con gente como tú. Aunque trates con personas que te horripilan, has de ser igual de feliz, al menos en apariencia.
¿Quiénes han sido tus maestros de estilo a lo largo de tu vida?
Siempre mi madre. Era y sigue siendo extremadamente elegante y a la vez muy rígida a la hora de educarnos. Recuerdo que siendo adolescente, por más que me arreglaba, cuando aparecía mi madre me sentía como una fregona. Era luminosa. Más alta que yo, estupenda. Tengo esa imagen: mamá y sus hermanas en el baño, y yo mirando desde un rincón, fascinada.
¿Y aparte de ella?
Después me he encontrado con bastantes ejemplos en los que mirarme, desde amigos muy refinados hasta hombres que me han enseñado cómo llevar un esmoquin. Por ejemplo, para un señor elegante es atroz ponerse una pajarita que ya esté hecha.
Cuéntanos algún momento embarazoso.
En una cena en Santiago de Chile, alguien me dijo: "Sabemos que tienes vínculos con el banco Santander. ¿Qué tal funciona?". Y respondí: "Bien, como todos, son los típicos judíos a los que sólo les importa el dinero". De repente, se hizo un silencio, sentí una patada de mi marido por debajo de la mesa. Eran judíos. ¡Creí morir!
¿Y cómo saliste del apuro?
Callada como una muerta. Nunca más me volvieron a invitar a esa casa, iba Guillermo solo. Mira que adoro a los judíos, pero fue la típica frase hecha. Otro día, estaba en una fiesta con una señora que no callaba. Y le dije a un señor: "Quién es ese loro de tía, que no la puedo soportar". "¡Pues mi mujer! Pero no te preocupes, es pesadísima". Al parecer el marido estaba tan harto como yo.
Mira hacia atrás...¿Te arrepientes de haberte convertido en televisiva?
Es cierto que pierdes es el anonimato. Por la calle se dan codazos: "¡Mira, la Lomana!", pero sólo recibo cariño. Los que no me pueden ver no van a decirme que soy imbécil, así que ni me entero. Las cámaras no engañan: no me considero una ‘supermaravilla', pero sí una buena persona. Es muy fuerte que chicas de 18 años digan que soy su fuente de inspiración.
La fama tiene otras consecuencias...
¿Que me hacen fotos en topless? No voy a cambiar mi vida ni a ponerme un burka. Ya me ha visto toda España. Además, las mías, no son de silicona. Eso te lo juro." | Teleprograma.

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